La efeméride de la Revolución sandinista del 19 de julio de 1979, que cumple hoy 32 años, no es una celebración de todos los nicaragüenses. Quienes la festejan son los militantes y simpatizantes del Frente Sandinista y de Daniel Ortega. Y en todo caso, lo que conmemoran los nicaragüenses que no son sandinistas y tampoco eran somocistas, es la caída de la dictadura dinástica de los Somoza, no el triunfo del Frente Sandinista que después del 19 de julio de 1979 impuso otra dictadura.
Sin duda que la Revolución sandinista ha sido uno de los acontecimientos más relevantes de la historia de Nicaragua. Pero su aniversario no constituye una celebración nacional, aunque sea un día de asueto, como sí es el caso de las Fiestas Patrias del 14 y 15 de septiembre que representan los sentimientos de todos los nicaragüenses.
Es por afán de dominación totalitaria que el FSLN ha tratado de hacer un culto nacional de la conmemoración de la Revolución sandinista. Por eso puso la celebración de las Fiestas Patrias de septiembre en un plano secundario, e hizo que la enseña rojinegra del FSLN fuera más grande y ondeara más alto que la Bandera Nacional azul y blanco. Inclusive, después de julio de 1979 el Frente Sandinista intentó sustituir las Fiestas Patrias de septiembre con la “Jornada de Pancasán”, como se le llamó a la conmemoración de un combate guerrillero contra soldados somocistas en un lugar de ese nombre situado en la zona montañosa de Matagalpa. 11 miembros del FSLN murieron en aquel combate que tuvo lugar el 27 de agosto de 1967, pero el trágico suceso se conoció hasta el 4 de septiembre cuando la Guardia Nacional lo dio a conocer oficialmente.
El hecho de que el FSLN en el poder llamara sandinista a la revolución del 19 de julio de 1979, no nicaragüense o nacional, indicó que la concebía como un hecho histórico partidista, de manera que su efeméride atañe ahora solo a los sandinistas que militan en el partido de Daniel Ortega o simpatizan con él, y a quienes con todo derecho quieran sentirla como propia. Pero no se le puede imponer a todos aquellos nicaragüenses para quienes la revolución sandinista tiene una connotación partidista, excluyente, sectaria, intolerante e impositiva.
Es el mismo caso de la celebración de la revolución liberal del 11 de julio de 1893, la cual fue también un acontecimiento histórico relevante pero su conmemoración es un asunto de los liberales, no de todos los nicaragüenses.
Se conoce que en todas partes del mundo, las personas que toman el poder por medio de las armas y de una revolución violenta, imponen o tratan imponer a toda la sociedad sus puntos de vista y pretenden convertir sus ideologías y sus objetivos particulares en una causa nacional. De eso se habló en unas jornadas internacionales de filosofía y transculturalidad, realizadas por la Unesco en noviembre de 2002, cuando se dijo que “cada cultura, cada visión del mundo, cada sistema económico (y cada revolución, por lo consiguiente) ha pretendido imponer su definición de la humanidad ”.
Por otra parte, con motivo de esta celebración partidista del 19 de julio también es oportuno recordar que el somocismo fue el principal promotor de la Revolución sandinista, porque se empecinó en mantenerse en el poder a cualquier precio, como ahora dice Tomás Borge que se va a imponer para siempre el régimen de Daniel Ortega. La verdad es que si los Somoza hubieran permitido elecciones libres y el cambio democrático de gobierno que demandaba la oposición, no hubiera habido necesidad ni justificación de la revolución violenta. Todavía en los años 1977 y 1978, si Anastasio Somoza Debayle hubiera aceptado el plebiscito para irse del país y dejar que el país se encauzara por la senda democrática, a estas alturas del tiempo Nicaragua tendría un nivel de desarrollo igual o superior al de Costa Rica, que en 1948 decidió abandonar los vicios políticos de la dictadura, los fraudes electorales, la revolución violenta y el caudillismo como forma de gobierno.
Muy bien lo advirtió el presidente de Estados Unidos, John Kennedy, cuando impulsaba la Alianza para el Progreso a fin de que en América Latina se desarrollara la democracia y no hubiera más revoluciones violentas y totalitarias, como la de Cuba. “Los que hacen imposible una revolución pacífica harán inevitable una revolución violenta”, señaló Kennedy, parafraseando la antigua máxima de Confucio quien cinco siglos antes de Jesucristo había sentenciado: “Donde hay satisfacción no hay revoluciones”.
OSIRISMELISA/19070011

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